martes, 26 de enero de 2016

Recibiendo a los niños en el primer día de clase

El primer día de clase es sin duda alguna, uno de los más importantes que tenemos en el año. De la impresión establecida ese día con los alumnos, dependerá en muchos casos, la relación que se tenga con ellos a lo largo del año.

Para muchos de ellos, un regaño, un mal trato, puede generar una gran antipatía por su profesora, que después costará muchos esfuerzos poder cambiar.

Un día normal que no refleje un esfuerzo por parte de la maestra, también puede significar una desilusión para muchos de ellos. Esto puede no parecer tan importante, pero robarles el corazón desde el primer día será algo maravilloso.

Normalmente el primer día hay muchas cosas prácticas por hacer: explicar normas, rutinas, horarios, cambios que se generan de un curso a otro, activiades específicas. A veces a los profesores nos parece lo más importante, pero no lo es. Definitivamente lo más importante es poder dárles una muy buena y cariñosa bienvenida que sirva como una primera forma de crear un lazo maestro-estudiante.

Tener decorado el salón es algo muy importante, pero hoy quisiera detenerme en una actividad que sirve de bienvenida, al mismo tiempo que da muchas pautas de conocimiento de los estudiantes.

Cada estudiante tendrá una hoja en blanco. También se pueden utilizar hojas de colores si el profesor lo considera. Se les dará la instrucción de dibujar una camiseta como ellos quieran hacerla. En el centro de ésta deben escribir su nombre, en la manga derecha sus pasatiempos, en la manga izquierda su característica más relevante y en la parte inferior de la camiseta lo que esperan del año. Pueden decorarla como quieran porque esto también nos mostrará rasgos de su personalidad.

Esta actividad puede realizarse en general, como director de grupo, para conocer sus expectativas sobre el año y también en una materia específica, para saber qué es lo que quieren aprender en ella.

Una vez que cada alumno haya diseñado su camiseta, se les da la oportunidad de compartir sus escritos en grupo. Estos grupos los pueden hacer libremente y de la cantidad que quieran. De esta forma servirá como una especie de sociograma de las amistades que han quedado en el nuevo salón.

Después de darles la oportunidad de compartir en pequeños grupos, se pueden pegar las camisetas en un lugar visible del salón, para que los niños puedan acercarse y observar los comentarios de los otros.













domingo, 22 de noviembre de 2015

Camino a la escuela

Serie recomendada para todos los maestros y para todos nuestros estudiantes. Ojalá podamos mostrarles al inicio del año escolar, algunos capítulos, pues muchos de nuestros alumnos por tener un fácil acceso a la educación, aún no han comprendido el verdadero valor que tiene.

Para muchos de ellos ir al colegio se ha convertido en algo del día a día, lo dan por sentado y por esto, les da pereza madrugar, estar en las clases, realizar las actividades.

Para los niños que se encuentran en este documental, la educación representa su única oportunidad para salir adelante de las situaciones precarias en las que se encuentran y por esto, están dispuestos a enfrentar todo tipo de sacrificios.



miércoles, 4 de noviembre de 2015

Copito

Desde hace algunos meses estoy participando del taller de escritura narrativa realizado por Mova. El ejercicio consistió en contar por qué quisimos ser profesores.

Comparto mi historia. 

COPITO

Cuando era pequeña, tenía en mi pieza una gran silla de mimbre en la que sentaba todos mis peluches, que eran más de veinte. Pero había dos que sin lugar a dudas eran mis favoritos: un oso amarillo gigante que mi papá le había regalado a mi mamá en una ocasión especial y un conejito blanco con un overol rosado que me regalaron el día que nací. Se llamaba Copito.

Jugaba con ellos todo el día, pero definitivamente mi actividad favorita era cuando llegaba por las tardes y me dedicaba a enseñarles todo lo que había aprendido durante en el colegio. Tenía un pequeño tablero con muchas tizas de colores para poder escribir y dibujar todo lo que quería que ellos aprendieran.

En ese entonces si alguien me preguntaba qué quería ser cuando fuera grande, mi única respuesta era: ¡ser profesora!

Con el paso de los años, algunos de mis peluches fueron dejando mi silla. Los iba regalando o dejando como herencia para mi hermana pequeña.  Pero mi oso, Copito y algunos otros permanecían en mi cama, pues seguían siendo muy especiales para mí. 

Ya no me sentaba a explicarles y enseñarles a ellos lo que aprendía, pero seguía estudiando como ellos me habían enseñado: leía el tema y después lo trataba de explicar en voz alta. Si no podía decirlo con mis propias palabras, era porque no lo había aprendido bien y entonces lo repasaba, hasta que me sentía capaz de enseñárselo a una persona.

Un día había estudiado para un examen, pero no me sentía segura, por lo que le pedí a una compañera que se sentaba conmigo todos los días en el bus del colegio, si podía estudiar con ella. Ella hizo las veces de uno de mis peluches y escuchó toda mi explicación. Al finalizar me dijo: “Deberías ser profesora. Lo explicaste mejor que la Miss”. Así comencé a estudiar con ella en los caminos al colegio. Yo vivía en el barrio Conquistadores, en Medellín, y mi colegio quedaba en Envigado. Pasaba en el bus del colegio alrededor de una hora por la mañana y otra más por la tarde, por lo que el tiempo era más que suficiente.

De repente, el rumor comenzó a correrse entre mis otros compañeros del salón y también ellos me pidieron ayuda. Me dediqué recreos enteros a explicarles y volví a escuchar la frase: “Deberías ser profesora”. 

Ese había sido mi sueño cuando era pequeña. Pero con el paso del tiempo había dejado de ser tan atractivo. Entre mis círculos de amigos no estaba muy bien visto ser profesor. Todos aspiraban a ser ingenieros, estudiar negocios internacionales, o algún diseño y continuamente se burlaban de nuestras profesoras. Yo no me atrevía a decir que mi sueño era ese. Pero mientras tanto, podía jugar a serlo. De todos mis peluches, mis primeros alumnos, sólo quedaba Copito que me acompañaba en mi cama.

Sin embargo, ese amor por la enseñanza estaba allí, así que buscando algo similar, comencé a inclinarme por las humanidades. Desde pequeña mi mamá me había inculcado un gran amor por los libros, en décimo había conocido la filosofía y me había encantado. Me decía que podía estudiar Filosofía y Letras, Periodismo, Comunicación Social. Sin embargo, nada llegaba a conquistarme del todo.

En décimo, decidí dedicar la Semana Santa para irme en unas misiones de ayuda en una vereda de Antioquia. Fue una experiencia espiritual muy fuerte para mí y me llevó a tomar la decisión en el grado once de irme de consagrada. Las consagradas era una nueva modalidad de vida religiosa, muy similar a las monjas en cuanto a la vivencia de la pobreza, obediencia, castidad y la religión católica. Se diferenciaban principalmente en que no usaban hábitos y los primeros cuatro años los pasábamos en una casa llamada centro de formación realizando algunos estudios universitarios.

Todas las materias que estudiábamos me fascinaban: metafísica, teodicea, historia de la filosofía, antropología filosófica, civilización y cultura. De acuerdo a la rutina de vida que vivíamos, teníamos unas horas dedicadas a recibir clases y otras a estudiar los temas. 

Allí nos dieron varias clases de metodología de estudios y fui completamente feliz al descubrir todas las cosas que podía hacer para estudiar. Aprendí a analizar, sintetizar, establecer relaciones, realizar esquemas de estudios y cuadros sinópticos de toda una materia. 

Para todas mis compañeras no era así. Algunas se habían consagrado por amor a Dios y otras por querer ayudar a los demás. Pero estudiar no había sido parte de los planes de muchas y el hecho de que no entendía nada, lo hacía aún peor.

Como continuamente yo comentaba que me gustaban estas materias, que me parecían fáciles, de nuevo sucedió lo mismo que en el colegio y muchas compañeras comenzaron a pedirme que les explicara. Pronto fueron tantas que en algunos momentos hasta nos íbamos para un salón aparte a estudiar y yo terminaba dándoles una clase.

Y una vez más los mismo comentarios: “si no fueras consagrada, deberías ser profesora.”

Durante estos años de formación, dedicábamos unas horas a la semana a algo llamado apostolado. Algunas consagradas iban a colegios a conversar con niñas y ayudarlas en sus problemas, a formar grupos juveniles, dar charlas de formación católica, entre otras actividades. Al darse cuenta mis superiores de lo que yo estaba haciendo, me pidieron que dedicara este tiempo a ser auxiliar de estudios de las consagradas que estaban un año más abajo enseñándoles a estudiar y explicándoles las materias en las que tenían más dificultades. Ahora mi juego de ser profesora, se volvía cada vez más real.

Unos años después nos dieron una triste noticia de que la persona que había fundado la congregación en la que yo me encontraba, había sido abusador de menores, drogadicto, ladrón y además de ser sacerdote, tenía dos familia, una en México y otra en España. Esto me llevó a tomar la decisión de retirarme.

Al regresar a mi casa mis padres ni siquiera me preguntaron por qué. Estaban tan felices que me ofrecieron todo lo que necesitará, inclusive pagarme la carrera que quisiera estudiar para que tuviera un nuevo comienzo. Yo no me sentía muy animada de comenzar una carrera, principalmente porque me pasaba lo mismo que al final de mi bachillerato: nada me enamoraba lo suficiente.

Como parte de la bienvenida, mi hermana me entregó una caja en la que había guardado las cosas que más le hacían recordarme. Cuando la abrí, allí se encontraba Copito.

Copito con todo lo que significaba. Mi feliz niñez y las horas maravillosas enseñándole a todos mis peluches tantas cosas. 
 
Comencé a averiguar si las materias que había estudiado durante esos años se podían convalidar por algún título en Colombia, para trabajar en eso mientras tomaba una decisión. Mi sorpresa fue enorme cuando la respuesta fue: licenciada.

Recordé a mis compañeros diciéndome en el colegio que debería ser profesora y los años tan felices que había vivido cuando había dedicado parte de mi tiempo a esto y el hecho de que entre tantas cosas, lo que mi hermana hubiera guardado fuera a Copito.

A pesar del paso del tiempo y de la lejanía, Copito y el sueño que había tenido de ser profesora habían sobrevivido. Yo no había luchado mucho por él, pero la vida se había encargado de que éste se volviera realidad.
Podría buscar trabajo como profesora. 

Ahora Copito permanece en una de mis bibliotecas como ese recuerdo eterno de que mi vocación desde siempre fue ser profesora.

martes, 29 de septiembre de 2015

¿Que se acaben las tareas?

El día de ayer el Ministerio de Educación lanzó esta pregunta en Facebook con base en un artículo publicado por el país cuyo link anexo al final del artículo.

El tema de las tareas ha sido parte de las reflexiones que me han acompañado en estos últimos meses,  pues veo que es un tema álgido tanto para los profesores, como para los niños y los padres de familia.

Me alegra mucho que el ministerio se abra a estas reflexiones en pro de una mejor educación en nuestro país.

Como docente pienso que las tareas no deberían existir. La primera razón para esto es que yo, como adulta, no quiero tener que llevarme trabajo a mi casa. Cuando termina la jornada laboral, lo que más deseo es poder dedicar el resto del día a otro tipo de cosas que me encanta hacer: practicar un deporte, leer, escribir, estar con mi esposo, jugar con mis mascotas. 

¿Por qué para los niños esto habría de ser diferente? Ellos también después de pasar su jornada de trabajo en el colegio quieren poder dedicarse a las cosas que les gusta: jugar.

Por otro lado, he notado que esto se vuelve en un espacio tensionante entre padres e hijos. En nuestra época lo más normal es encontrarnos con que ambos padres de familia trabajan y llegan alrededor de las seis de la tarde a sus casas. 

Éste debería ser un tiempo para compartir en familia, para conversar sobre el día, jugar, practicar algún deporte juntos, ver un programa y muchas cosas más. En vez de esto, se convierte generalmente en un tiempo de pelea, porque los niños no quieren estudiar por lo anteriormente mencionado y los papás tampoco quieren hacerlo después de su cansada jornada de trabajo.

En los colegios en que las tareas tienen además una calificación numérica, la cosa es aún peor pues se suma la preocupación de esta calificación, llevando muchas veces a que sean los padres los que realicen este trabajo o peor aún, a que se contrate una profesora particular para que lo haga.

En contraposición muchas personas argumentan que si los conceptos no se practican, no serán asimilados. Esto nos llevaría a una reflexión dedicada a los maestros, sobre cómo se están dando las clases, que seguramente abordaré en muchas ocasiones más adelante.


viernes, 25 de septiembre de 2015

Descubrir al genio detrás de las malas notas, las buenas notas y los defectos.


Hace unos días vi la siguiente imagen circulando por Facebook e inmediatamente la compartí en mi muro:



Desde hace varios años, pero con mayor intensidad en los últimos tiempos, me encuentro reflexionando y dialogando con mis amigas que también son profesoras sobre esta triste realidad: cuantas veces por estar sumergidos en un sistema educativo que parece solo importarle los exámenes y las pruebas, pasamos por alto a estudiantes que tienen grandes capacidades, pero que quizá esas grandes capacidades no son para ganar exámenes.

El día de ayer, tuve la suerte de participar en un encuentro con el escritor español Jordi Sierra i Fabra.


Además de compartirnos técnicas de narrativa, cómo construir una escena, un diálogo, de dónde sacar ideas para un relato, nos contó cómo había comenzado su carrera como escritor. 

Y me encontré con esa historia que tantas veces escucho, de un niño con una dificultad muy evidente, era tartamudo, que dio con unos profesores que no supieron mirar más allá. Y, riéndose ahora, nos contó cómo su maestra le dijo delante de toda la clase que él no iba a ser nadie en la vida, que simplemente era un fracasado. 

Para ese entonces él ya se encontraba leyendo un libro diario y había escrito sus primeros relatos. El primero de ellos, cuando se lo entregó a su padre, se lo rompió en la cara y le dijo que le prohibía ser escritor.

Lo extraordinario de la historia no es todo esto. Aunque no lo creamos, esto es lo ordinario. Lo extraordinario es que ese pequeño niño haya perseverado y sea ahora el escritor que es. 

Lo que casi siempre sucede es que ese niño se centra en ser exitoso en lo que sus padres y maestros le piden, toma clases particulares, pasa el colegio regularmente, lo mismo la universidad y pierde ese talento que tenía dentro de una forma natural.

Termino esta reflexión con otra imagen, que es al mismo tiempo una invitación para potenciar esas grandes capacidades que tienen nuestros hijos y alumnos.




lunes, 14 de septiembre de 2015

No sabemos interpretar la educación.

Comparto este artículo que habla sobre la realidad de nuestra educación actual. Me alegra inmensamente que cada ve haya más personas que toman conciencia de las falencias de nuestro sistema actual, para que pronto tengamos una renovación. 

viernes, 11 de septiembre de 2015

Educando con mascotas: creer en los niños.

Hace unos días un compañero de trabajo me sugirió que además de estar escribiendo reflexiones tipo artículo en mi blog, sería muy enriquecedor que compartiera experiencias que vivimos a diario. Muchas gracias por esta sugerencia que espero pueda enriquecer a muchos más.

Hace unos meses, una de mis grandes amigas en el colegio en que trabajo, trajo unas crisálidas para mostrarle a los niños el ciclo de vida de la mariposa. Una de ellas no pudo liberar su alita a tiempo y quedó más arrugada que la otra. Así que entre algunas profes nos turnábamos para cuidarla y que pudiera volar cuando finalmente la estirara. Estando con ella mi salón, una de mis alumna me dijo que quería tener una mariposa de mascota en el salón.

A pesar de ser una gran amante de los animales, no la animé mucho, sino que me limité a explicarle que las mariposas por ser animales silvestres, no podían estar en nuesro salón. Me insistió por varios días y siempre le di la misma respuesta.

No me esperaba que a los pocos días llegaría con una mejor idea. Se tomó el trabajo de investigar que animales pueden ser considerados como mascotas y cuáles de ellos podrían estar en un salón de clase. Así que me dijo que ya que no podían ser mariposas tuviéramos un hámster.

Viéndola tan entusiasmada acepté su propuesta, pero con unas cuantas condiciones: primero, ella tendría que gestionar todo el permiso en el colegio para poder tener las mascotas; segundo, el salón tendría que comprometerse con el cuidado de las mascotas y todo lo que implica tenerlas.

En este punto ya comenzó a gustarme la idea, pues vi como podría servirme para enseñarles a los niños muchas cosas sobre la verdadera tenencia de una mascota y además motivar la disciplina, como una colega me sugirió una vez.

Mi alumna conversó con la directora de escuela, quien le dijo que tendría que hablar con la rectora. Para seguir sorprendiéndome, sin cinco de pena se dirigió inmeditamente a su oficina para solicitar el permiso, el cual fue aprobado, con la condición de que hubiera ciertos compromisos de todos los niños, tal y como yo había pensado.

Me comunicó muy contenta la noticia y me dijo que ella hablaría con todos para que se hicieran los compromisos. Al día siguiente, cuando entré al salón, encontré una cartelera escrita por ella en la que se resumían los compromisos que adquirirían:

- No gritar pues los hámsters se pueden asustar y morir.
- No correr porque los podemos tumbar.
- No distraernos en clase con ellos, sino en los tiempo que debe ser.
- Turnarnos en recreo y en los fines de semana para cuidarlos.
- Limpiar la jaula y darles la comida.

Aún no habíamos comprado los hámsters y yo ya había sacado una grande lección para mi vocación como profesora: creer en los niños. Esta aluma se encontraba tan motivada con este proyecto, que ella con la ayuda de sus amigas se encargó de todas las diligencias que fueron necesarias, sin que yo, como su profesora, tuviera que interceder en absolutamente nada.

A partir de ese día, comencé a delegar muchas de las responsabilidades de la vida diaria en un salón, que solía pensar que ellos no podrían hacer bien. Pegué dos afiches gigantes en los que juntos escribimos las diferentes cosas que tenemos que hacer en un salón: pasar la asistencia, actualizar el calendario, recordar las tareas que tienen, velar por el orden, repartir libros, repartir exámenes, cuidar la planta y además las nuevas responsabilidades que venían con los hámsters: limpiar la jaula, servirles la comida, cambiarles el agua, llevarlos a casa los fines de semana.

Una vez más, muchos de los niños me han sorprendido por la forma como se apersonan de las responsabilidades que se les asignan. Así que, aquí va la primera enseñanza que me ha traído educar con mascotas: confiemos en los niños y en todo lo que pueden hacer cuando se cree en ellos y se les pone un proyecto en las manos.